Al borde de la desesperación … Dios responde tus anhelos

 

Mi nombre es Saray, soy madre de cuatro hijos: Edwin Josué de 10 años, Johnathan Daniel de 7 años, Pablo Esteban de 6 años y Emanuel de 3 años. Puedo atestiguar que Dios siempre ha tenido cuidado especial de mí y de mi familia.


Soy la menor de una familia de 7 hermaños y 4 que mi madre adoptó y crió. Desde niña he visto limitación en el área material. Era adolescente y todavía dormía en una cama hecha con cartones en el suelo, sufriendo todas las noches con el frío constante y las ratas que pasaban sobre mí.


Cuando me casé y tuvimos el primer hijo, vivíamos en una ranchita utilizada para peleas de gallos que alquilábamos para vivir mis papás, mis hermaños y sus esposas, mi esposo y yo con nuestro hijo. Empecé a trabajar en pintura de tela para poder ayudar con la manutención, poco tiempo después logramos alquilar una vivienda de dos habitaciones para todos. Mi esposo, mi hijo y yo nos ubicamos en un cuartito donde sólo podíamos utilizar la mitad porque también era bodega. Mi hijo y yo dormíamos en un catrecillo y mi esposo en el suelo.

Estaba cerca la Navidad. Para nosotros ésta era una época muy dura, difícil de entender y realmente de mucho sufrimiento, sin dinero para dar regalos, sin dinero para ropa y muchas veces sin dinero ni siquiera para poder comer. Mi esposo logró conseguir un trabajito como guarda de seguridad y nos acomodamos un poco, pero al nacer mi segundo hijo el dinero volvió a escasear y nuevamente no alcanzaba.

Pensé que nunca tendríamos acceso a un terreno y mucho menos a una vivienda decente, cuando un día mi madre me llamó para decirme que iban a dividir una propiedad entre mis hermaños y que me darían un lotecito. Fue muy emociónante, sin embargo, fue difícil porque el terreno era cenagoso, había mucho monte alto y nacía agua por todo lado. Entonces, asumimos el reto, agradecimos a Dios y conseguimos materiales de segunda, zinc viejo, madera y otros, y nos dimos a la tarea de construir una ranchita propia de unos 4 x 3 m, con piso de tierra. Iniciando no más tuvimos un primer problema con una peste de pulgas que empezaron a crecer por todos lados, no había electricidad y tampoco había agua potable.


Las noches eran tan frías y la casa era tan húmeda que mis hijos constantemente padecían de tos y resfríos y la ropa y las cositas de la casa se dañaban por la humedad. Nuestra cama estaba hecha con seis bloc y pedasos de madera de segunda, con un colchón de resortes que mi hermaño había botado. La hice junto con mamá que siempre ha sido un ejemplo para mí por ser tan valiente. En esta cama dormíamos todos hechos un puñito. Luego pudimos comprar un poquito más de material de segunda y le hicimos un cuartito donde pusimos la cama que existía y una que conseguimos para los niños. No podíamos mover las camás, el espacio quedaba ajustado exactamente. Junto con mamá y un vecino le hicimos el primer pisito de cemento y mi papá hizo la primera instalación eléctrica con extensiones unidas. El agua, debíamos traerla por una cuesta embarrealada y depositarla en un tanque y de ahí tomar lo que necesitábamos. No teníamos servicio sanitario ni baño, sino que utilizábamos un tarro y nos arrimábamos a utilizar el servicio y el baño de mis papás, sin embargo, cuando tenía que alistar mis hijos para ir a la Escuela, tenía que caminar por los barreales, sacando a mis niños a las 5:00 de la mañana, en medio del frío y el desconsuelo de ver a mis hijos temblando, llenos de barro y con los reclamos constantes por tener que llegar a usar las instalaciones de mis padres.


Mis hijos le tenían mucho miedo a la lluvia y al viento, porque cuando había viento entraba por todo lado y sonaba fuerte, parecía que literalmente iba a destrozar la ranchita y cuando llovía había muchas goteras dentro; caían sobre mi cama, sobre la cama de mis niños y teníamos que buscar trastes para poner y recoger el agua y poner trapos en el techo para tratar de evitar que el agua siguiera cayendo. Sin embargo, cada día las latas estaban más viejas, habían más huecos e incluso, si se trataba de limpiar alguna pared se empezaba a desboronar y era casi seguro que se quedara con pedazos en las maños.


Fueron ocho largos años viviendo en estas condiciones en nuestra ranchita propia, sin embargo, nunca perdí la esperanza, incluso de lo poquito que me llegaba y de lo que me llega actualmente siempre damos el diezmo para ser fieles con el buen Dios que siempre ha sido fiel con nosotros en toda situación y momento.


Antes de conocer de Hábitat hicimos el intento de conseguir una casa propia. En un primer intento, fuimos a DACASA INTERNACIONAL, nos dijeron que haciendo un depósito de ¢70.000 a los tres meses me darían un préstamo. Inmediatamente fuimos con un prestamista y obtuvimos el dinero prestado, lo depositamos en la empresa y regresamos tres meses después para ver el resultado de la transacción. Cual sería nuestra sorpresa cuando me dijeron que no me darían el préstamo, que si lo quería tenía que esperar para hacer un sorteo y si mi nombre salía me lo darían, que no podían devolverme el dinero y que incluso me iban a cobrar porque les debía dinero, y fue así como sufrimos la primera estafa. Poco tiempo después fuimos estafados otra vez por otro de estos bien denominados zopilotes de la vivienda en Costa Rica; nos hicieron dar un adelanto por un lote y cuando fuimos a firmar los documentos, no había nada a nombre de la persona que nos lo estaba vendiendo la propiedad.


En un momento de los más difíciles para nosotros, mi esposo perdió su trabajo, no teníamos dinero ni para comer y luego de haber sufrido las estafas estábamos muy frustrados y desconfiados. Había nacido mi cuarto hijo, situación que empeoraba las cosas, y yo estaba buscando la forma de trabajar con artesanías. Entonces, vino un Pastor y me dijo que Dios había escuchado el anhelo de mi corazón y que había respuesta. Rápidamente pensé en el dinero para una semana de comida, sin embargo, empezaron mayores bendiciones. Primero, gente que nunca nos había ayudado y que por su actitud hacia nosotros jamás pensamos en recibir su apoyo, nos dieron un diario que nos duró dos meses y cuando estábamos gastando la última bolsa de arroz llegaron con más. Pero no podía imaginarme que la respuesta real era para un techo digno para mi familia. Un día, un compañero de trabajo de mi esposo vino a visitarnos, al ver nuestra condición de vida se asustó, su semblante empalideció y luego de sentarse nos contó que él estaba construyendo con Hábitat y nos dio la dirección, nos explicó el programa y fue muy amable con nosotros.


Inmediatamente fui a la Oficina del Afiliado Regional San Ramón, pedí una solicitud y me parecía increíble y hasta raro, oír de una organización que no pidiera dinero previo, que no cobrara intereses, que otorgara el crédito en materiales, poniendo supervisión técnica y todo esto. Di gracias a Dios y puse todo en sus maños. Tuve que recibir la capacitación dos veces por atrasos en los papeles de mi terreno y además, ante la visita del ingeniero surgieron problemás, pero Dios ayudó y todo fue sobrepasado. Mis hijos, todos los días me preguntaba: ¡Mami!, ¿Es cierto que vamos a tener una cama para cada uno?¿Que vamos a tener un baño y servicio? ¿Que vamos a tener casa de cemento? ¿Que vamos a poder traer a nuestros compañeros y amigos? Y cada día estaban más emociónados.
Recuerdo el primer día que llegó Minor González, maestro de obra de Hábitat con los primeros materiales, no podía creer lo que vía, los tocaba una y otra vez, me dio dolor de estómago, las lágrimás corrían por mis ojos y no tengo palabras claras para poder explicar lo que sentí. Cuándo llegó el bloc y lo vi por primera vez casi me desmayo del susto y la emoción y lo primero que pensé fue ¿Cómo hago ahora para subir todo este material hasta arriba (75 metros cuesta arriba)? Y una vez más confié que Dios lo había puesto y él daría la solución.

Llegó un grupo de voluntarios locales y voluntarios internacionales, mi corazón palpitaba tan rápido que parecía que se me iba a salir literalmente, escuchaba tantas personas hablando en varios idiomás y de formás tan distintas, pero con la comunicación directa por el lenguaje del "amor en acción". Mis hijos, mis sobrinos y yo, subíamos una y otra vez con material, parecía que era de nunca acabar. Mi hijo Esteban de solo 6 años, trabajaba tan duro y decía: Le prometí a mamita que cuando construyéramos mi casita le iba a ayudar a subir todo el material. Poco a poco la casita fue tomando forma, se fue levantando y todos los días nos dormíamos tarde pensando, conversando y soñando con el día especial de tener ese sueño hecho realidad.


Las otras familias que trabajaron conmigo, ahora somos buenos amigos, estamos agradecidos, compartimos y cuando pasa un tiempo sin verlos busco la forma de comunicarme para saber que están bien. Fue duro, pero valió la pena.


En la inauguración de las viviendas, empecé a hablar y se me hizo un nudo en la garganta y solté a llorar, fue tan significativo para nosotros y para mí, un triunfo total, poder darle techo digno a mis cuatro hijos. Y nosotros, estábamos muy emociónados e impacientes para llegar la primera noche a dormir en nuestra nueva casa, caminábamos para allá y al verla no podía creer que fuera nuestra, pero antes que nada, al llegar a la casita, nos arrodillamos en la entrada e hicimos una oración de acción de gracias al buen Dios por haber hecho posible este sueño inalcanzable.


Ahora pienso en los momentos en que me quedaba sola por las tardes lavando los carretillos y las herramientas, con tanto frío y tan cansada y lo veo como que fue un sueño y me siento tan orgullosa de haber sido parte de la construcción de nuestra casa. Veo que el sacrificio valió la pena y da más gusto poder disfrutarlo de esta forma. La realidad es que nunca pensé en algo regalado, sino que siempre pedí a Dios la oportunidad de trabajar para lograrlo y puedo decir que fue muy duro y tan real, pero ahora es nuestra.

Mis hijos ya no le temen a la noche, ni a la lluvia, ni al viento, ya no pasan tanto tiempo enfermos y con tos, ya no los humillan, se sienten contentos de poder traer a sus compañeros. Antes dormíamos todos juntos y ahora cada quien tiene su cama. Ellos disfrutan cada momento jugando y compartiendo el hogar que Dios nos ha dado. Estamos más seguros, somos más independientes, ahora podemos pensar en la Navidad como una fecha linda que podemos disfrutar y los niños esperan con ansias el momento de decorar la vivienda con motivos navideños, ya están pensando en el color para pintarla y mi hijo menor está aprendiendo a ir al servicio solo como si fuera algo natural. Estoy tan orgullosa de nuestra nueva vivienda. Tengo razón para vivir y pensar en hacer mejoras para que se vea más linda y siento que mi dignidad y autoestima han subido increíblemente y los maestros de la Escuela ven cambios dramáticos en la actitud y aplicación de mis hijos.

Hoy en día, cuando escucho el viento fuerte, la lluvia torrencial y pienso en el frío que sentíamos, lloro. Mi corazón se quebranta y oro al buen Dios por las personas que viven en las condiciones que vivíamos anteriormente y doy gracias por tener un techo digno donde vivir.
Cuando visito iglesias ahora doy como testimonio lo que Dios nos ha dado por medio de Hábitat para la Humanidad y cada vez que conozco una familia en necesidad la motivo y la insto a buscar una solución real para su problema como yo la he tenido. Hablo con la gente, les explico el programa, la forma de trabajo, las opciones de superación, los invito a visitar mi casa y la realidad es que no puedo dejar de hablar de Hábitat.

Son pocas las organizaciones que brindan apoyo de la forma que Hábitat lo hace. No es como un banco. Tenemos acceso a una solución digna, económica y duradera, sin discriminación ni favoritismo, sabiendo que no hay manipulación política, religiosa o por amistad y que realmente se toma en cuenta las ganas de superación, mayor cantidad de niños, menos ganancias, disposición de trabajo, etc. En Hábitat somos como una familia, puedo llegar a la Oficina hablar con cualquier persona y me siento igual que todos.


Realmente puedo decir que Hábitat para la Humanidad no debe morir y que es la respuesta que Dios ha dado al clamor de muchos que han estado esperando respuesta real conforme a sus posibilidades para soluciónar su problema de vivienda, poniendo como razón principal el compartir en comunidad y desarrollarnos como familia unidos en armonía de la maño con Dios.